Javier Betemps > quarto 25

Cuando el poeta salió de la cárcel no se sentía para nada redimido de sus pecados; no en vano la dulce Ofelia seguía yaciendo allá en el lago, custodiada por nenúfares y libélulas, bajo un silencio quieto y perpetuado.
Brillaba el sol en aquella mañana y en el aire se mezclaban las risas lejanas de unos niños con ese perfume a pan recién hecho que anunciaban ya las prometidas bondades de la penúltima Arcadia.

Respiró profundo, cogió aliento y se dirigió a la ciudad con paso lento, casi sagrado. Sabía hacia dónde se dirigía, sabía también que ese sería su último día, su última noche en esa ciudad con nombre de flor y frente de poeta, cuidad con ojos de terciopelo y sonrisa de niña muerta.

Llegó finalmente al lugar indicado, a la puerta azul de una casa azul en el Largo de Intendente donde le esperaban desde hacía meses dos mujeres fabulosas, una alta y otra morena que nunca antes había visto pero que le recibieron como si le conocieran.

Bienvenido – le dijeron-, allí arriba, en el segundo piso está tu habitación. Habrás de pasar la noche allí y mañana nos entregarás tu poema. Las musas, informadas de tu presencia, estarán de tu parte. Descansa pues, escribe y sueña.
Subió las escaleras, abrió la puerta, contemplo largamente el decorado, cada mueble, la distancia y disposición de aquel espacio. Tomó medidas, estableció cálculos, prefiguró ángulos y buscó, en el alfabeto de los adioses ,la geometría perfecta para una despedida.
Sabía que otros antes que él habían pasado por esa habitación y habían aceptado pagar el tributo de los viejos rituales...habitación de nadie, habitación de todos, habitación de nunca; donde escribir un poema a cambio de una sopa, donde soñar un amor a cambio de una cama.

Cogió papel y lápiz y escribió su canción, la dejó sobre la mesa y durmió sin sueño hasta la llegada del alba...

Ofelia, siempre Ofelia
Tus labios violetas
Tus ojos de escarcha... Gritan los niños tu nombre Al final de las madrugadas

Y hay barcos que aguardan tu risa Para zarpar
Hacia los puertos del alma.

Mi amor por ti fue grande Tan grande como Bizancio Como el mundo grande Azul como una naranja.

Pero tú sigues allí, callada
Ya sin delirio
A la espera de otras sonrisas
De otras canciones
A la espera de todas las lágrimas Que las flores te prometieron Aquel día sin memoria
Aquella noche sin mañana.

El poeta salió de la habitación y cerró tras de sí la puerta azul del edificio azul, y ya en la calle y sin nostalgia se preguntó: “¿Hace cuánto que es ahora?”

Javier Betemps
Largo do Intendente, 19 - Quarto 25 - Junho de 2013

 

 

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